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Papa Francisco (Reuters)
Papa Francisco (Reuters)

En su Homilía con ocasión de la 2da. Jornada Mundial por los Pobres (18/11/18) Francisco nos pide que escuchemos el grito de los pobres. “Es el grito ahogado –nos dice- de los niños que no pueden venir a la luz, de los pequeños que sufren hambre, de chicos acostumbrados al estruendo de las bombas…Es el grito de los ancianos descartados y abandonados. Es el grito de quienes se enfrentan a las tormentas de la vida sin una presencia amiga. Es el grito de quienes deben huir, dejando la casa y la tierra sin la certeza de un lugar de llegada. Es el grito de poblaciones enteras, privadas también de los enormes recursos naturales de que disponen. Es el grito de tantos Lázaros que lloran mientras que unos pocos epulones banquetean con lo que en justicia corresponde a todos. La injusticia es la raíz perversa de la pobreza. El grito de los pobres es cada día más fuerte pero también menos escuchado, sofocado por el estruendo de unos pocos ricos, que son cada vez menos pero más ricos”.

Fuerte palabras contenidas en un documento que, sorprendentemente, no mereció especial difusión pública. Tampoco la tuvo la Carta Humana communitas (sobre La comunidad humana) dirigida a la Academia Pontificia para la Vida (15/1/19), un documento que junto con sus anteriores Evangelium gaudium y Laudato si, está destinado a ocupar un lugar relevante en el desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia.

Humana comunitas (a ésta corresponden las citas que siguen) destaca el valor de la familia en la generación de una verdadera fraternidad humana, donde “la relación entre el hombre y la mujer constituye (su) lugar por excelencia…”. A partir de la familia, “comunidad de origen y de destino” de todo ser humano, la Iglesia se siente comprometida a “relanzar vigorosamente el humanismo de la vida”.

Las relaciones familiares, que deberían ser generación, expresión y resonancia de “la pasión por lo humano” hoy “se muestran profundamente desvaídas” por el egoísmo frente a la naturaleza y frente al prójimo, por el “mercatismo” descontrolado, por el fracaso del “derrame espontáneo”, por la guerra y por el desprecio de la vida humana, por aquella a la que Francisco denomina la “cultura” –es más, sería mejor decir anticultura- de indiferencia hacia la comunidad: hostil a los hombre y mujeres y aliada con la prepotencia del dinero”. Se continúa así con la “deconstrucción del humanismo”, generado por “el sistema económico y la ideología del consumo (que) seleccionan nuestras necesidades y manipulan nuestros sueños”.

El grito de los pobres es también un grito por el nuevo humanismo de la inclusión, de la acogida, especialmente, de la vida humana en nuestra casa común (la tierra) y en el disfrute justo y misericordioso de sus bienes y de los producidos (co-creados) por todos las mujeres y hombres.

Humana comunitas, gritando con los pobres, nos advierte que el mercatismo descontrolado está trasgrediendo, “de manera brutal”, “el umbral del respeto fundamental de la vida humana”, “no sólo por el comportamiento individual, sino también por los efectos de las opciones y de los acuerdo estructurales (donde) la organización de las ganancias económicas y el ritmo de desarrollo de las tecnologías ofrecen posibilidades nuevas para condicionar la investigación biomédica, la orientación educativa, la selección de necesidades y la calidad humana de los vínculos”.

Todo esto parece hoy instrumentado por la anticultura de la exclusión, donde el mismo cuerpo humano “es susceptible de intervenciones tales que pueden modificar no solo sus funciones y prestaciones, sino también sus modos de relación a nivel personal y social, exponiéndolo cada vez más a la lógica del mercado”. El humanismo de la vida nos impulsa, en cambio, a aprovechar esos desarrollos científicos como “notable oportunidad para profundizar la nueva alianza del Evangelio y la creación”.

Coherentemente con tales principios, Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar firmaron el documento sobre la “Fraternidad humana para la paz mundial y la convivencia” (4/2/19) donde exhortan a despertar “el sentido de la religiosidad entre los jóvenes, para defender a las nuevas generaciones del dominio del pensamiento materialista, del peligro de las políticas de la codicia de la ganancia insaciable y de la indiferencia, basadas en la ley de la fuerza y no en la fuerza de la ley”, recordándonos que “la justicia basada en la misericordia es el camino para lograr una vida digna a la que todo ser humano tiene derecho”.