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Mabel Godoy y Ramona Gómez no se conocen. Una vivió toda su vida en Lomas de Zamora y la otra nació en Corrientes pero se mudó a Buenos Aires a los 19 años. Sin embargo, ambas compartieron esta semana un viaje histórico: del Aeropuerto de Ezeiza, directo al cementerio de Darwin, en las Islas Malvinas, para honrar la tumba de sus seres queridos caídos en la Guerra de 1982.

Fueron parte del grupo de 62 familiares que, provenientes de distintas provincias del país, llegaron el miércoles pasado a Darwin para rendir homenaje a los caídos ahora identificados por el Plan Proyecto Humanitario del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, que, mediante el análisis de ADN, logró localizar los restos de 112 héroes que hasta ahora permanecían sepultados bajo la inscripción de «soldado argentino solo conocido por Dios».

Mabel Godoy, en diálogo con DEF, recuerda a su novio de la adolescencia, el soldado Víctor Rodríguez, caído en Malvinas. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.
Mabel Godoy, en diálogo con DEF, recuerda a su novio de la adolescencia, el soldado Víctor Rodríguez, caído en Malvinas. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.

«Con este viaje sentí que toda la ira que durante tantos años guardé, se sanó con este encuentro, se esfumó, se transformó en paz, en tranquilidad, en amor, en solidaridad. Que esto sucediera 37 años después es casi un milagro«, dijo Mabel a DEF a su regreso de Malvinas. «Me dieron una identificación con mi nombre que decía ‘Héroe Don Víctor Rodríguez’. Hay un antes y un después, ahora todo el pueblo empieza a reconocerlos como lo que son, héroes», añadió.

«Este viaje fue sanador, para su hermana, Nora, que viajó también, y para mí. Sirve para hacer justicia, para rendirle el homenaje que se merecía en aquel momento, y para poder reivindicar la historia, por él, por su familia, por su mamá, que murió en 2004 y su papá, que falleció en 2016. Malvinas fue un quiebre en su familia», expresó.

Nora Rodríguez, en la tumba de su hermano, en el cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Mabel Godoy.
Nora Rodríguez, en la tumba de su hermano, en el cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Mabel Godoy.

Víctor Rodríguez tenía 19 años cuando una madrugada fue a la casa de su novia, Mabel, para despedirse de ella y de su familia. «Cuando empezó todo lo de Malvinas él empezó a hacer bromas, aparecía con el pelo muy cortito y cuando le preguntaba por qué, me decía: ‘Me estoy preparando porque en cualquier momento me llaman’. Hasta que una madrugada vino a casa, junto con un chico que vivía a la vuelta de casa, y esa vez fue en serio, se fueron juntos», relató Mabel. «Con mi hermana los acompañamos hasta el ex Camino Negro a que tomaran el colectivo y esa fue la última vez que lo vi», rememoró. Rodríguez falleció el 10 de junio de 1982, a horas de que terminara el conflicto armado.

Con Víctor se habían conocido un año antes de que se desatara la guerra, durante una peregrinación a la Virgen de Luján en la que la joven le regaló una medallita milagrosa, la misma que fue recuperada de entre los restos enterrados en el cementerio de Darwin y que ella llevó ahora de vuelta a las Islas, junto con un rosario, para que quedaran en la tumba de Rodríguez.

«Yo lo había visto antes en el barrio, pero es en esa caminata que nos conocimos. A partir de ahí nunca más nos separamos, hasta que se fue a Malvinas», recordó la novia de la adolescencia del soldado caído en las Islas. «Él era un chico muy educado, muy pulcro, muy comprometido con su comunidad, con la iglesia. Era una persona muy linda, por dentro y por fuera», añadió.

Mabel muestra la foto de Víctor (arrodillado) junto a sus compañeros del Regimiento 7 de La Plata. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.
Mabel muestra la foto de Víctor (arrodillado) junto a sus compañeros del Regimiento 7 de La Plata. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.

La partida de Víctor impactó de lleno en la vida de la joven y en la de la familia Rodríguez. La última comunicación que tuvo de su novio fue una carta, que el soldado escribió desde el Regimiento de Infantería 7 de La Plata, donde le avisaba que estaba próximo a partir para Malvinas, algo que no se había animado a revelarle a su madre. «Durante la guerra, no había información, yo me mantenía muy cerca de su mamá, acompañándola, fue durísimo verla a ella pasar por todo eso», relató Mabel.

Su cercanía con la mamá de Víctor, así como con uno de sus hermanos, se mantuvo también al finalizar la guerra. Fue con ella y con un amigo de Víctor con quienes recorrió durante días las instalaciones de Campo de Mayo, del Instituto Geográfico Militar y del Regimiento en La Plata en búsqueda de información sobre el destino de su novio. «Su mamá nos rogaba que siguiéramos buscando, pero yo sabía lo que había pasado. El muchacho que se había ido a la guerra con él, un día me contactó y me contó que Víctor había muerto«, recordó Mabel.

Después de muchas versiones encontradas, algunas que afirmaban incluso que el joven soldado seguía con vida, la comunicación oficial de su deceso fue en el Ministerio de Defensa y la recibió Mabel. «Como un año después de la guerra, le llega a la mamá una carta del Ministerio y ella me pide que la acompañe. Cuando llegamos, la hicieron subir y yo me quedé abajo. Bajó unos 15 minutos más tarde, con una sonrisa. Le habían dicho que mantuviera las esperanzas, que había muchos chicos prisioneros en Inglaterra y en las Islas. Después, me hicieron subir a mí sola, yo, una chica de unos 18 años. El militar que me recibió leyó el nombre de Víctor en un papel y me dijo: ‘Víctor Rodríguez era un buen chico. Pero el mundo está lleno de chicos buenos. Víctor Rodríguez falleció el 10 de junio'», narró Mabel. «Me dijo que yo, si quería, se lo contara a la mamá. Antes de terminar la conversación me levanté y me fui, pero antes de salir, le grité: ‘¡Son unos hijos de puta!'». En unos minutos, Mabel tuvo que decidir si contaba o no la verdad. Decidió callar.

La única carta que Mabel Godoy recibió de Víctor Rodríguez, desde La Plata, antes de partir hacia las Islas. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.
La única carta que Mabel Godoy recibió de Víctor Rodríguez, desde La Plata, antes de partir hacia las Islas. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.

Durante los 8 años siguientes, se mantuvo muy ligada a la familia Rodríguez. «Hasta que llegó un momento en el que decidí correrme de ese lugar», sostuvo. Se casó, tuvo dos hijas, pero el matrimonio duró poco. «De ahí, nunca más me volví a casar, no es para mí», dijo.

El recuerdo de Malvinas y de su novio de la adolescencia volvió con fuerza a su vida en 2015 cuando leyó en un diario local que por iniciativa de un excombatiente, Antonio «Tony» Reda, habían bautizado el salón de usos múltiples de un jardín de infantes de Villa Elisa con el nombre «Soldado Víctor Rodríguez».

«Tuve una mezcla de sensaciones. Había alguien, un excombatiente, que durante años había mantenido viva la memoria de Víctor mientras yo, en cambio, había sepultado esa historia», explicó Mabel, quien, a partir de ese momento, entró en contacto con Reda y, además, movilizó a Nora, la hermana menor de Víctor, para que se reencontrara con esta parte de su historia y, más adelante, para que se realizara los resultados de ADN que llevaron a la localización de los restos en Darwin. «Todo esto nos permitió reencontrarnos con la historia de Víctor, a Nora también, ya que, en definitiva, es parte de su propia historia», reflexionó Mabel.

Un dolor siempre presente
Sentada en el living de su casa en Florencio Varela, con la emoción a flor de piel, Ramona Gómez lucha contra las lágrimas para poder expresar lo que significa para ella viajar a Malvinas, tomar un avión por primera vez, para encontrarse con la tumba de su hermano, el soldado Mario Gómez, fallecido el último día de la guerra, a los 20 años de edad. Su objetivo final es traer al continente los restos de su hermano, para que descansen junto a los de su madre, en Corrientes.

Ramona con una foto de su hermano, el soldado Mario Gómez, antes de su partida a Malvinas. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.
Ramona con una foto de su hermano, el soldado Mario Gómez, antes de su partida a Malvinas. Foto: Giovanni Sacchetto/DEF.

«Ahora tenemos un lugar adonde ir a estar con él, sabemos dónde está mi hermano realmente», dijo en diálogo con DEF. «Me trajo paz el saber que está enterrado en su tumba y dónde está exactamente. Sin embargo, la paz llega por momentos, el dolor sigue siempre adentro, no se va nunca. Yo logré formar mi familia, tengo dos hijos y dos nietos, pero hay momentos en los que nada me alcanza para tapar ese dolor».

Mario Gómez era el menor de 5 hermanos, todos de Corrientes. «Tengo pocos recuerdos de él», se lamentó su hermana Ramona. «Cuando yo tenía 19 me vine a Buenos Aires a buscar trabajo, junto con otro de mis hermanos, que ya vivía en Morón para ese entonces. Pude volver a Corrientes recién 4 años después, pero Mario ya no estaba, él también había venido para Buenos Aires». Entre ese momento y la partida de Mario hacia las Islas, los hermanos solo se vieron en dos ocasiones, la última fue en los primeros días de marzo de 1982. «Nos juntamos en Morón, y nos despedimos en la estación de tren. Allí, me dio un abrazo y me dijo: ‘Nos vemos en quince días, para Semana Santa, cuidá mucho a mi sobrino, nos vemos pronto’. Nunca más supe nada de él, nunca más nos volvimos a ver», relató Ramona.

Ramona y Felipa, en la tumba de su hermano en el cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Ramona Gómez.
Ramona y Felipa, en la tumba de su hermano en el cementerio de Darwin. Foto: Gentileza Ramona Gómez.

Durante la guerra, Ramona no recibió ninguna información sobre su hermano. Tres días después del fin del conflicto llegó un fatídico telegrama de su hermana, Felipa, desde Corrientes: «Mario está muerto. Vengan». Una vez allí, la familia y los vecinos realizaron una ceremonia religiosa «de las que se hacen en el campo». Mandaron a hacer una cruz, la velaron durante 7 días y fueron con ella al cementerio.

A su regreso de Corrientes, Ramona, al igual que Mabel, se dedicó a recorrer hospitales militares para intentar obtener más detalles sobre el destino de su hermano, hasta que dio finalmente con un sargento que le confirmó la muerte de Mario, causada por el impacto de un misil a pocas horas de que terminara la guerra. «A partir de ese momento, no sé por qué, me quedé por un tiempo pensando que él podía llegar a estar vivo en algún lugar, perdido, desorientado, hasta que mi hija me pidió que no me agarrara más de eso, que no era verdad. En casa nunca se miran programas del 2 de abril ni de Malvinas. Nunca», expresó en diálogo con DEF.

La paz llega por momentos, el dolor sigue siempre adentro, no se va nunca

A partir del resultado positivo de los análisis de ADN que se realizó, a pedido de su hermana Felipa en noviembre del año pasado, Ramona volvió a tomar contacto con Malvinas y aceptó la invitación para viajar al cementerio, a la tumba de su hermano. A pedido de su hija, puso sus sentimientos por escrito, en una carta que dejó en Darwin, en la que se lee: «Fueron compañeros de vigilia el desconsuelo, la angustia y el dolor… Unos largos años recorridos que nunca han menguado mi dolor. Hoy la vida me da revancha, consuelo a la eterna esperanza que guardo como tesoro en mi corazón. Hoy, hermano mío, puedo al fin reunirme con vos. Me llena de orgullo, agradecimiento y amor».

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