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Bernhard Carl Trautmann nació en Bremen, Alemania, en 1923 y en una familia pobre. Su educación estuvo regida por la doctrina nazi (Shutterstock)
Bernhard Carl Trautmann nació en Bremen, Alemania, en 1923 y en una familia pobre. Su educación estuvo regida por la doctrina nazi (Shutterstock)

Hay quienes dicen que vivió dos vidas, que fue héroe y villano, lo catalogan como la amnistía del enemigo. Hay quienes lo califican de desertor, de leyenda, conjugan su historia con piezas de epopeya y redención. «Lo maravilloso de la vida», dicen también como aposición a su nombre. Bert Trautmann es quien jugó una final con el cuello roto. El 5 de mayo de 1956 más de cien mil personas asistieron al estadio de Wembley para ver la definición de la FA Cup entre el Birmingham City -el favorito- y el Manchester City. Lo ganaba el Manchester City, su equipo, 3 a 1, cuando Peter Murphy, delantero rival, se interna en el área para marcar el gol del descuento. Trautmann se arroja para impedirlo, sin medir consecuencias físicas, sin calcular el saldo. El choque es fulminante. El arquero queda tendido en el césped: tiene una vértebra rota y no volverá a jugar al fútbol por un año. Pero, impasible e inconsciente, ataja el resto del partido -16 minutos- e interviene con destreza en otras situaciones de peligro. Arriesga su vida para proclamarse campeón.

Trautmann es elegido el mejor jugador del campeonato: es el primer extranjero en ser premiado con tal distinción. El año pasado su equipo también había accedido a la final de la FA Cup: fue derrota ante el Newcastle por 3 a 1. Pero el arquero sería noticia de nuevo: era el primer alemán en disputar el torneo de fútbol más antiguo del mundo. Lo hizo ante la presencia de la reina Isabel II. Corría el año 1955. Bert en verdad se llamaba Bernhard Carl, había nacido en Bremen, Alemania, en 1923: se afilió a las juveniles hitlerianas, abrazó la causa nazi, fue paracaidista y soldado ascendido a sargento, resistió el bombardeo de Kleve, una granada le explotó en los pies, estuvo tres días enterrado en escombros, fue uno de los noventa sobrevivientes de un regimiento de mil soldados, los aliados lo capturaron dos veces, dos veces escapó. No resultó sorprendente su temeridad, imprudencia y tozudez cuando jugó una final de fútbol con el cuello roto: persistir y sobrevivir era su método.

Bert Trautmann en acción: una imagen del 24 de marzo de 1956 contra el Tottenham Hotspur en el estadio White Hart Lane de Londres. Ese año el arquero fue elegido el mejor jugador del campeonato (Getty Images)
Bert Trautmann en acción: una imagen del 24 de marzo de 1956 contra el Tottenham Hotspur en el estadio White Hart Lane de Londres. Ese año el arquero fue elegido el mejor jugador del campeonato (Getty Images)

Antes de jugar 545 partidos con el Manchester City entre 1949 y 1964, antes de alcanzar la estatura de leyenda y mito, antes de ser condecorado con cuatro medallas y la Cruz de Hierro por su valentía en batalla, antes de ser bendecido por el rabino de la ciudad Alexander Altmann, Bert Trautmann fue parte de la maquinaria de aniquilación nazi. Hijo de un obrero y de una ama de casa, se crió a costa de donaciones y beneficencia. Creció en época de posguerra, en el marco de una economía desplomada. En su primera década de vida, ya con Adolf Hitler en la escena política, sus padres lo inscribieron en la Deutsches Jungvolk, una organización juvenil para niños de 10 a 14 años. Era un programa de estímulo deportivo que encubría un régimen de adoctrinamiento de ideología nazi.

La asociación era precursora de las juventudes hitlerianas (Hitlerjugend), una organización político-militar creada para enrolar e instruir la energía de la masa joven. «Unirse a las juventudes hitlerianas era como una aventura porque a esa edad no tenés conciencia de vos mismo«, reconoció, años después, en un documental de la televisión española. Forjó sus principios bajo este metódico sistema de formación espiritual: recibía lecciones de ideología y biología aria. Se alistó como voluntario tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Todos sus amigos lo hicieron: tenía 17 años. Era aprendiz de mecánico y quiso convertirse en operador de radio, intérprete de código morse, pero no fue aprobado. Lo trasladaron al regimiento de infantería aerotransportada de la Luftwaffe, la fuerza aérea de la Alemania nazi. «No te ofrecés como voluntario para matar gente, lo hacés para defender la tierra de tus padres. Cuando estás con el rifle o la ametralladora solo ves sombras en el horizonte y te defendés», expresó.

Esta postal data del 5 de mayo de 1956: el día de la gran final de la FA Cup entre el Birmingham City y el Manchester City. Ese día Trautmann se rompió una vértebra y siguió jugando sin saber que ponía en riesgo su vida (Allsport Hulton/Archive)
Esta postal data del 5 de mayo de 1956: el día de la gran final de la FA Cup entre el Birmingham City y el Manchester City. Ese día Trautmann se rompió una vértebra y siguió jugando sin saber que ponía en riesgo su vida (Allsport Hulton/Archive)

Como paracaidista cayó en Zamos, en la frontera entre Polonia y Rusia. Fue capturado. Lo que no hicieron los soviéticos, se encargó la meteorología. El clima hostil y la represalia rusa diezmaron el regimiento: eran mil, sobrevivieron noventa, Trautmann entre ellos. Cuando el ejército alemán emprendió la retirada, le explotó una granada en los pies: apenas sufrió heridas leves. Se fugó por primera vez. Presenció, durante aquellos años, un exterminio en masa: un comando de ejecución de la Einsatzgruppen -los escuadrones de la muerte del nazismo- aniquiló una comunidad y arrojó los cuerpos a una fosa. Esa experiencia brutal le activó la conciencia: algo había cambiado en la percepción de un idealista nazi al que le habían enseñado que los judíos eran malos y los arios, la raza maestra. «Si hubiera sido un poco mayor, probablemente me habría suicidado«, admitiría tiempo después.

Volvió al mando y lo devolvieron al combate. Participó de la batalla de Árdenas, una contraofensiva nazi del Frente Occidental en una región que comprende partes de Bélgica, Francia y Luxemburgo. Estuvo tres días enterrado bajo escombros producto de un bombardeo hasta que lo encontró la resistencia francesa: volvió a escapar. Desertó de una guerra que agonizaba y se dirigió, sin apoyos ni logística, de regreso a su hogar en Bremen. Dos soldados estadounidenses lo descubrieron oculto en un granero francés, lo requisaron y como no tenía información útil para darles lo dejaron ir. Se retiró con las manos en alto pensando que lo iban a acribillar. Huyó, corrió, atravesó un campo, saltó una valla hasta cruzarse con un grupo de soldados ingleses. Él reconoció que lo primero que le dijeron luego de la emboscada fue una invitación sugerente: «Eh, Fritz, ¿te gustaría una taza de té?». Significó la rendición de Trautmann: ya había huido demasiado.

“Mi vida, con todos los problemas, las tragedias y los cruces de caminos que he tenido que superar, ha transcurrido de una forma de la que no me arrepiento”, dijo el arquero leyenda (Shutterstock)
“Mi vida, con todos los problemas, las tragedias y los cruces de caminos que he tenido que superar, ha transcurrido de una forma de la que no me arrepiento”, dijo el arquero leyenda (Shutterstock)

Faltaba poco más de un mes para el final de la Segunda Guerra Mundial y él tenía apenas 22 años. Es confinado primero en Ostende, Bélgica, después trasladado a un campo de prisioneros nazis en Essex, Inglaterra, país del que no se iría por mucho tiempo. Allí recibe calificación de prisionero C: nazi. El propósito del establecimiento era la reeducación: proyectaban, por caso, escenas de guetos, campos de concentración y exterminio. Lo derivaron a Marbury Hall, en Norwich, donde su clasificación bajó a prisionero B: no nazi. Finalmente, lo trasladaron a Ashton-in-Makerfield, en Lancashire, donde recibe un trato más laxo y cercano. Es su renacer, el germen de su segunda oportunidad: trabaja, tiene sexo por primera vez a los 23 años, la vida fluye fuera del campo, pasa la Navidad de 1946 en casa de vecinos, al año siguiente habilitan la repatriación de los prisioneros del régimen nazi pero Trautmann decide quedarse en Inglaterra. La razón: las mujeres. Conoce a Marion Greenhall y tienen una hija que se llamará igual que su madre, Frida. Pero no tolera la responsabilidad y las abandona. Frida era fruto de la posguerra y de un hombre en reconstrucción moral.

El oficial al mando del campo era un escocés fanático del fútbol que organizaba partidos entre prisioneros y jugadores de pueblos cercanos. Por entonces, Trautmann ya no era Bernhard, lo llaman amistosamente Bert. Se lesionó en un partido pero como no quería abandonar la cancha, el técnico lo mandó al arco. Nunca había atajado. Como soldado y paracaidista era ágil, atlético, arriesgado, valiente, intrépido, precipitado y sanguinario. Como arquero también. El St. Helens Town, un equipo regional le ofreció contrato en 1948, dos años después de su refundación. Bert Trautmann se convertiría en un próspero futbolista profesional.

Con el paso de los años, los ingleses lo adoptaron y lo aceptaron, pero sus comienzos fueron turbulentos. La comunidad judía de Manchester reprobó la contratación del arquero alemán (Shutterstock)
Con el paso de los años, los ingleses lo adoptaron y lo aceptaron, pero sus comienzos fueron turbulentos. La comunidad judía de Manchester reprobó la contratación del arquero alemán (Shutterstock)

Frank Victor Swift tenía 35 años y había sido el arquero titular del Manchester City durante quince temporadas y cerca de 400 partidos. Fue un jugador de época: su contextura le valió el apodo de «manos de sartén». Se retiró en 1949. El equipo blue eligió al alemán reinsertado como su sustituto. Habían pasado solo cuatro años del final de la guerra. El recuerdo era muy fresco. La decisión despertó el fervor de la comunidad judía de Manchester: hubo movilizaciones, campañas, pancartas y un levantamiento masivo. Al grito de «nazi», veinte mil personas se manifestaron delante del estadio de Maine Road -ex casa del City- para reprobar la incorporación. Algunos equipos rivales amenazaron con boicotear sus partidos contra el equipo del ex soldado y devoto hitleriano.

Lo rescataron el rabino de la ciudad, Alexander Altmann, y el capitán del equipo, Eric Westwood. El representante de la comunidad judía difundió un comunicado en la prensa para apaciguar la hostilidad ciudadana. Expuso: «Bert es un joven decente. No podemos castigar a un alemán por lo que hizo todo un país». Westwood, por su parte, sembró paz en el plantel. Veterano del ejército británico y soldado del Desembarco de Normandía, dejó una frase para la posteridad: «En el vestuario no hay guerras».

Trautmann murió en 2013 a sus 89 años en una localidad de Valencia, España (Shutterstock)
Trautmann murió en 2013 a sus 89 años en una localidad de Valencia, España (Shutterstock)

El fútbol se encargó del resto. Su destreza y especialmente su bravura modificaron la percepción popular. Se convirtió en un emblema de la Premier League. En 1964 fue distinguido y homenajeado por el fútbol inglés: lo eligieron en el equipo ideal con jugadores del calibre de Bobby Moore y Bobby Charlton.

Dos años después se retiró de la actividad, tras quince temporadas de vigencia. Fue técnico del Stockport County, asesor de la selección alemana en el Mundial de Inglaterra de 1966, luego regresó a su país de origen a conducir primero al Preußen Münster y después al Opel Rüsselsheim. Aceptó los desafíos de entrenar a las selecciones de Birmania (hoy Myanmar), Tanzania, Liberia, Yemen y Pakistán, entre 1972 y 1983.

Tenía 56 años cuando se jubiló. Dijo que estaba cansado de viajar. Conoció en 1990 la región de Almenara, un municipio de la provincia de Castellón en la Comunidad Valenciana de España. Se compró una casa, donde murió en 2013 a los 89 años. Se reencontró y se reconcilió con su hija Frida ya de adulto. Tuvo otro hijo, que falleció cuando tenía cinco años en un accidente de tránsito. Su esposa de entonces nunca se recuperó de la pérdida: la depresión culmina en una abrupta separación en 1960. En la vida de Trautmann los dramas fluyen.

Bobby Charlton, considerado por la FIFA como el mejor jugador inglés de la historia, confesó que fue uno de los mejores arqueros a los que se enfrentó. Trautmann dijo que Alfredo Di Stéfano fue el mejor futbolistas de todos los tiempos y que su verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendió sobre humanidad, tolerancia y perdón. Era un representante del estereotipo ario: rubio, alto, de ojos celestes y rasgos contundentes, despiadado, alienado e ignorante. Fue simpatizante de la doctrina nazi hasta que se dio cuenta: «Al principio me llamaban ‘nazi’. Hasta que empecé a explicarles que yo, a esa edad, no tenía personalidad propia«. Le preguntaron si había matado gente: dijo que no, o que no sabe. «Los muertos no se ven. Cuando atacás o te defendés ahí con el rifle, con la ametralladora o con lo que sea, solo ves sombras en el horizonte, figuras que corren, y vos te defendés, porque si no lo hacés, te disparan y te matan».

El 1° de noviembre de 2004 Trautmann recibió un reconocimiento por sus servicios a las relaciones británico-alemanas: “Funcionario honorario de la orden más excelente del imperio británico” (Getty Images)
El 1° de noviembre de 2004 Trautmann recibió un reconocimiento por sus servicios a las relaciones británico-alemanas: “Funcionario honorario de la orden más excelente del imperio británico” (Getty Images)

Habló, en una entrevista con El País, de su ser nacional: «El mayor honor para mí fue que me aceptaran como ser humano. En aquellos días era muy difícil. Había mucho odio. Me siento más inglés que alemán porque fueron muy justos conmigo. Fui muy afortunado de salir vivo de la guerra. Mi educación comenzó cuando llegué a Inglaterra. Y consistió en ir a hablar con la gente, a contarles mi vida». Su vida, la de un niño que se alistó para defender a su nación: «Cuando sos un niño, la guerra te parece una aventura. Luego, cuando estás involucrado en la lucha es muy diferente, ves todas las cosas horribles que suceden, la muerte, los cuerpos, los miedo. No puedes controlarte. Te tiembla todo el cuerpo». Contó, a su vez en un reportaje con The Guardian, que vivió una experiencia traumática al presenciar una masacre de judíos: «Mi primer pensamiento fue: ‘¿Cómo pueden mis compatriotas hacer cosas así?‘. Pero el de Hitler era un régimen totalitario absoluto».

La de Trautmann es una historia de película que se hizo película en 2018 bajo el título The Keeper, un film biográfico británico-alemana dirigido por Marcus Rosenmüller y protagonizado por el actor alemán David Kross. El director dijo que había percibido de él un sentimiento de culpa sosegado. Le reconoció que no había tenido el valor suficiente para actuar distinto durante la guerra. «Se presentó como voluntario y estoy seguro de que quería ser un buen soldado», entendió.

Jonathan Karszenbaum, director ejecutivo del Museo del Holocausto de Buenos Aires y docente en historia judía, estableció esa diferenciación y reflexionó sobre el grado de culpabilidad de Trautmann: «La tragedia más grande de la historia de la humanidad fue la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, hubo responsables en el atentado contra el pueblo judío y una sociedad alemana a la que no puede atribuírsele la responsabilidad de los crímenes. Hubo una generación que nació creyendo que estaba defendiendo un país, que cursó una escolaridad regida por la doctrina nazi. Crecieron con una única verdad, pensando que los judíos eran los enemigos y que Alemania estaba destinada a cambiar el mundo». Trautmann era un hijo de ese régimen educativo.

En 2003, una estatua suya se estrenó en las instalaciones del club inglés. Al año siguiente, la reina Isabel le otorgó la Orden de Caballero del Imperio Británico por su contribución al entendimiento entre el Reino Unido y Alemania. Su historia es la de un soldado alemán que se convirtió en arquero y en leyenda. Sin proponérselo, fue la personificación del perdón y la reconciliación de los pueblos. Le dejaron de decir «cerdo alemán» cuando lo vieron jugar, dejó de ser aquel nazi despiadado para transformarse en un arquero valiente. «Adonde quiera que vaya, la gente siempre me preguntaba por el cuello», confesó el hombre que estaba viviendo su segunda vida.

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