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Ann y David Collins muestran una de los primeros carteles que realizaron para encontrar a su pequeño hijo de 10 años, Kevin, que desapareció en San Francisco (AP)
Ann y David Collins muestran una de los primeros carteles que realizaron para encontrar a su pequeño hijo de 10 años, Kevin, que desapareció en San Francisco (AP)

La ficha elaborada por su familia que lo describía tal cual era estaba despojada de sentimientos. O intentaba estarlo. “Varón caucásico. Cabello castaño, ojos grises / verdes. Collins tiene pecas en la cara y una pequeña cicatriz horizontal en la lengua. Tenía una contextura robusta en 1984. Una chaqueta de los Gigantes de San Francisco y su uniforme escolar, que consistía en una camisa de vestir blanca de manga corta, un suéter verde oscuro, pantalones de pana marrón y zapatillas Nike beige. Collins tiene dislexia, una discapacidad de aprendizaje que le dificulta leer”.

Kevin Collins terminó su jornada escolar y sus horas de basketball y se sentó en un banco de madera a esperar el autobús de la ciudad para retornar a su casa. Eran las 6.40 pm y ese 10 de febrero de 1984 debió regresar en soledad a su hogar ya que su hermano mayor, Gary, de once años entonces y con quien siempre hacía el trayecto de vuelta, se había quedado en su casa enfermo. El pequeño de 10 intentó copiar lo que siempre hacían cada vez que terminaban de entrenar. Sin embargo, esa noche nunca logró sentarse a la mesa familiar.

Sus padres, Ann Deasy y David Collins, comenzaron a preocuparse. Él salió por todo el vecindario buscándolo. Preguntaba a cada persona que se cruzaba si había visto a un pequeño con una chaqueta de los Gigantes de San Francisco y su vestimenta de colegio. Su madre, en cambio, telefoneó a las casas de todos sus amigos con la esperanza que del otro lado de la líneas que consultaba le dijeran “sí, Kevin está aquí…«. Eso nunca ocurrió. La policía, a la que llamaron después de un tiempo prudente, les dijo que podría estar en casa de algún conocido. Impotente, ella les replicaba que eso sería imposible. Tanto como pensar en un secuestro.

Kevin Collins y la fotografía que recorrió los hogares de los Estados Unidos en cajas de cartón de leche (AP)
Kevin Collins y la fotografía que recorrió los hogares de los Estados Unidos en cajas de cartón de leche (AP)

Cuando finalmente captaron la atención de los oficiales, familia y amigos se dividieron la ciudad para su búsqueda. Plantaron su fotografía en cuanto lugar libre veían. Un número telefónico se dejaba leer claro en los carteles. Y uno se mantenía frente al aparato rogando al cielo que sonara. Eso nunca ocurrió.

Las versiones sobre lo último que se supo de él fueron confusas. Una decía que, de acuerdo al relato de testigos, había sido visto conversando con un hombre rubio y alto que llevaba un perro negro de paseo. Pero nadie supo de quién se trataba. Otros aseguraron que Kevin había sido subido a un automóvil Ford, modelo Galaxy 1967 azul. Dos sospechosos iban en su interior. Sin embargo, ninguna de las dos pistas crecieron como para detener a algún sospechoso. El niño era el séptimo hijo de un total de 9 de una familia de origen irlandés, católica y numerosa que Ann y David formaron en San Francisco.

La campaña creció y las autoridades dispusieron de todas sus herramientas para encontrarlo con vida. Fue portada de todos los diarios regionales e incluso capturó la atención de los editores de la revista Newsweek, muy popular por entonces en toda la nación. La fuerza familiar permitió que la fotografía de Kevin apareciera en las cajas de leche de cartón y otros alimentos envasados en todo Estados Unidos con la leyenda “Desaparecido”. Fue uno de los primeros casos cuya imagen de la víctima se imprimió en millones de productos. El rostro angelical del niño estaba casi en cada hogar norteamericano menos en el que debía estar: el propio.

El pequeño Kevin Collins desapareció luego de que concurriera a la escuela católica que iba todos los días (AP)
El pequeño Kevin Collins desapareció luego de que concurriera a la escuela católica que iba todos los días (AP)

Pasaban los meses y los investigadores apenas contaban con testimonios contradictorios, incompletos. Nada. Algunos creyeron que detrás del secuestro podría estar un reconocido criminal de la zona, conocido como El Asesino Serial de la Península. Su nombre era Jon Scott Dunkle, un pedófilo cuyas víctimas comprobadas respondían en parte al perfil de Kevin. Dunkle había atacado en condados de Sacramento a niños de entre 12 y 15 años. El cuerpo del primero, John Davies, nunca apareció. Los otros dos, Lance Turner y Sean Dannehl, fueron apuñalados hasta morir. Otros menores habían salvado su vida por poco. Dunkle fue arrestado el 3 de octubre de 1986 y sentenciado a la pena de muerte el 7 de febrero de 1990. Jamás se lo vinculó formalmente a la desaparición de Kevin.

Desconsolados al saber que la investigación no avanzaba, la familia intentaba sobrevivir a la angustia. Ann, David y el tío materno, Michael Deasy decidieron formar una fundación para ayudar a otras familias que atravesaban la misma tristeza y desesperación que ellos experimentaban. La llamaron Fundación Kevin Collins para Niños Desaparecidos. La institución cerró en 1996. Fue luego de que decenas de familias se aproximaran desconsoladas en busca de ayuda que no podían dar ya que la mayoría de los casos terminaba con la peor noticia.

Trabajamos tantos casos horribles. Era muy traumático para todos nosotros. El dolor nunca termina realmente. Cuando alguien que tú amas muere se supone que llevas tu propio proceso de duelo. A nosotros se nos denegó eso”, narró Laura Collins, la hermana mayor de Kevin, hoy 55 años a la revistas People. La tragedia inconclusa afectó sobremanera a la familia. Sus padres se divorciaron y dos de los hermanos del pequeño se vieron afectados por enfermedades mentales producto del trauma experimentado. “Dependiendo de dónde te encuentres en su vida o qué época del año sea, las cosas que nunca te molestan de repente te molestan”, agrega la mujer quien dice que aún no superó lo ocurrido aquel febrero de 1984. Jackie Deasy tiene 74 y es la tía del pequeño: “Kevin era solo uno de los niños que volaba por toda la casa. Era más tranquilo que la mayoría de los niños”, recuerda.

Navidad de 1977, David vestido de Papá Noel junto a sus hijos Kevin, Gary, Kenny y Brian.
Navidad de 1977, David vestido de Papá Noel junto a sus hijos Kevin, Gary, Kenny y Brian.
Kevin Collins con alguno de sus ocho hermanos en su vivienda de San Francisco, a la que nunca regresó. Desapareció cuando tenía 10 años de una parada de autobús
Kevin Collins con alguno de sus ocho hermanos en su vivienda de San Francisco, a la que nunca regresó. Desapareció cuando tenía 10 años de una parada de autobús

En el décimo aniversario de la desaparición de Kevin -cuando el niño de la foto en el cartón de leche habría cumplido 20 años- sus padres y sus ocho hermanos y hermanas celebraron un servicio conmemorativo privado en el Cementerio Holy Cross en Colma, al sur de San Francisco. Allí le dedicaron un banco con su nombre, una cruz y las palabras “Por siempre en nuestros corazones”.

Con la familia destruida y 29 años después de su desaparición, una luz de verdad -no ya de esperanza- pareció asomar. La unidad de casos fríos del Departamento de Policía de San Francisco decidió reabrir la investigación. El sospechoso “viable” era alguien que respondía a la descripción hecha por algunos testigos de la época: un hombre alto que en aquel tiempo vivía en la zona y sobre todo… tenía un perro negro y era un pedófilo condenado. Su nombre era Wayne Jackson, quien ya había sido interrogado en 1984 pero que fue descartado por los peritos.

Jackson, que se ocultaba tras la identidad de otros cuatro nombres, vivía al otro lado de la calle de la escuela primaria católica a la que Kevin asistía en el distrito de Haight-Ashbury. Tenía antecedentes de delitos sexuales contra niños pero había muerto en 2008, de acuerdo al informe que la Policía hizo ante la prensa en febrero de 2013.

El renovado sospechoso se ajustaba a la descripción y tenía un perro como el que describieron los testigos. Los investigadores también supieron entonces que había sido arrestado en 1981 por secuestrar a un niño de 7 años al que violentó sexualmente. Después de pagar una fianza, Jackson fue arrestado nuevamente y terminó cumpliendo seis meses en la cárcel. Tras la desaparición de Kevin la policía registró la casa de Jackson pero no encontró nada. Los dos testigos que informaron haber visto a Kevin hablando con un hombre alto y rubio no pudieron identificarlo en una serie de fotos. Fue descartado por falta de pruebas y siguió con su vida.

Wayne Jackson, principal sospechoso de haber secuestrado y asesinado a Kevin Collins el 10 febrero de 1984 en San Francisco (Departamento de Policía de San Francisco)
Wayne Jackson, principal sospechoso de haber secuestrado y asesinado a Kevin Collins el 10 febrero de 1984 en San Francisco (Departamento de Policía de San Francisco)

Pero ahora, la Policía registró su antigua propiedad y encontraron restos de huesos en su sótano. No eran humanos, sino de perros. ¿Cuándo los había enterrado? Eso, sumado a sus antecendetes volvieron a colocar a Jackson en el centro de la investigación. Pese a que murió en 2008, desde 2013 las autoridades han estado tratando de ofrecerle a la pareja del sospechoso -que vive en Canadá-, inmunidad para decirles lo que sabe. En ese país, Jackson también tenía antecedentes contra menores: fue arrestado en 1973 por secuestrar a dos niños de 13 años. Huyó de aquel país antes de resolverse el caso.

Su pareja regresó tras su muerte. Pero hasta ahora, ha decidido no colaborar. El misterio alrededor de la desaparición de Kevin, el niño de la foto en los cartones de leche que habitó en la casa de cada norteamericano, continuará.

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